Las madres como ángeles y demonios en las telenovelas

Las novelas están llenas de clichés y estereotipos. Cuando las vemos, sabemos que estamos viendo un producto de ficción, muchas veces exagerado, que hasta nos parece ridículo y lo descartamos rápidamente. No quiero decir que las personas sean tan inocentes como para creer que la vida es una novela; pero podemos pasar meses sentados de lunes a viernes a una hora específica y no deberíamos creer que solo la vemos y no tiene ningún efecto en cómo pensamos o actuamos. Sí, en cómo actuamos, porque no pueden negar que han existido novelas que han movido horarios de fútbol y detenido al país, al punto que, a la hora en que daban La Usurpadora, Betty la Fea o Pasión de Gavilanes, el centro del universo se encontraba en la televisión.

Crédito de imagen: La Usurpadora, Betty la fea, Pasión de Gavilanes

Entonces, aunque superficialmente no lo tomemos en serio, solo la cantidad de horas que le podemos dedicar debería impulsarnos a tomar en serio el rol que tienen las telenovelas en nuestras vidas, en cómo las situaciones y personajes han servido para empezar a tocar temas tabú y proponer una manera de hablarlo. Encarna Alonso Valero tiene un artículo al respecto de cómo las «infames novelas rosa» de Corín Tellado servían para inculcar (y levemente subvertir) el modelo de mujer de la dictadura de Franco.

En esa época existía una línea muy rígida sobre cómo debían ser las personas y una oficina de censura que se encargaba de que se promocionaran esos modelos. Dentro de estos, la obligación de las mujeres era encontrar un hombre para casarse y “comenzar la vida de verdad” (Julia Maura citada por Alonso Valero), pero este “encontrar el amor” estaba plagado de áreas desconocidas para una señorita bien de la posguerra española. Entonces, si bien estas novelas no podían ser muy subversivas ni liberar a la mujer de las expectativas sociales del matrimonio y la maternidad, al menos servían para que las lectoras pudieran tener un “código amoroso” para “descubrir la llegada del amor y para comunicarse, ya que el amor tenía que ser el centro de sus vidas pero nadie les aclaraba nada sobre él.” (Alonso Valero, p. 39)

Portadas de algunas novelas de Corín Tellado.

En este punto quiero dar un ejemplo concreto que es bastante cercano a nosotros. En 2008, varios periódicos, incluido La Nación, reportaron los resultados de un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo que relacionaba la caída de la tasa de natalidad en Brasil con las telenovelas (es en serio, puede ver el estudio aquí). Este estudio comparó estadísticas de manera rigurosa y se encaminó a demostrar que la disponibilidad de la señal de Globo TV en ciertas zonas se correlacionaba con la caída en la tasa de natalidad de 6,3 en 1960 a 2,3 en el 2000. ¿Por qué? Los investigadores consideraron que las telenovelas suelen presentar protagonistas de estatus social alto, con menos hijos y hasta divorciadas, lo que modela una mujer más empoderada y con familia más pequeña como parte del paquete de la fantasía para el ascenso social, algo que los investigadores estimaron tuvo algún efecto en la cantidad de hijos que deseaban las brasileñas.

Si las novelas pueden tener una influencia grande pero silenciosa, ¿qué nos están diciendo sobre las madres? Más importante aún, ¿porqué lo sentimos como cierto? Para esto quiero usar dos novelas que han marcado la televisión costarricense: La Usurpadora y Pasión de Gavilanes.

La Usurpadora: la madrastra demonio y la madrastra ángel

Puedo recordar con toda claridad el tema de entrada de la novela y la cara de Gabriela Spanic que se volvía dulce como un ángel cuando hacía a Paulina y malvada como la de la madrastra de Blancanieves cuando interpretaba a Paola.

Y era obvio que Paola era mala. Le era infiel a su marido, solo lo quería por la plata, se iba de viaje dejando “tirada” la casa y no le importaban para nada los otros. Además, un detalle esencial: los hijos de Carlos Daniel (¿por qué los galanes de telenovelas siempre tienen dos nombres?) eran de un primer matrimonio. Ella era la madrastra y todos sabemos que “las madrastras son malas”. Los niños la trataban como si fuera su mamá, pero eso la hacía más mala porque Paola ni siquiera trataba de ser buena mamá y se aburría de su vida de ama de casa millonaria. No por nada mi yo de 7 años que veía la novela a escondidas la comparaba con una de las madrastras más infames de Disney.

El contraste con Paulina es muy evidente. Ella era esencialmente buena porque era desinteresada y preocupada por los demás a grados ridículos. Literalmente, se convierte en la usurpadora solo porque Paola hace una treta para que parezca que le robó. Incluso el tema de entrada esta lleno de frases demoledoras como “te haces daño por amor”, romantizando el sufrimiento típico que debía pasar Paulina como protagonista de telenovela. Y detrás de ella, muchos de nosotros todavía tragando el cuento de que el sufrimiento ennoblece…

Su estancia en la casa pretendiendo que es Paola se le dificulta porque va en contra de su esencia como personaje. Sin embargo, poco a poco, empieza a mejorar la situación de la casa: “cura” a la abuela Piedad de su alcoholismo (¿en serio eso se puede curar así tan fácil?), le ayuda a Carlos Daniel con los problemas de su negocio y se vuelve una mamá (no una madrastra) amorosa para los hijos Bracho que para efectos prácticos estaban huérfanos. Su bondad es una extensión de sus capacidades de cuidadora, porque en nuestra cultura una buena mujer equivale a una buena mamá.

Momento de buena madrastra de Paulina, se enfrenta a Calos Daniel (que acaba de descubrir que es la «usurpadora») para ir a auxiliar a Carlitos. Carlos Daniel: «No eres su madre»; Paulina: «¡Cómo si lo fuera!»

Para este contraste entre Paola y Paulina no solo comparan a las gemelas, si no también con Carlos Daniel. El modelo de padres entonces no contrasta lo madrastra que es Paola, si no lo buena mamá en que Paulina se ha convertido gracias a los encontronazos con Carlos Daniel. Esto desmitifica la idea de que ser buen padre es un asunto meramente biológico, como si ser buenos padres fuera exclusivo de la consanguinidad. En este punto, Carlos Daniel se presenta como un padre severo y duro que no logra conectar con Carlitos a pesar de ser el progenitor biológico.

Entonces, la intervención de Paulina es básicamente la salvación para Carlitos con gestos que podrían parecer simples pero que no los tenía ni con Paola ni con su padre. El problema con Paola se deriva de su egoísmo esencial que la hacía negligente; era capaz de dejar a los niños hacer lo que quisieran con tal de no hacer esfuerzo al cuidarlos, de la misma manera en que emborrachaba a la abuela Piedad para que no molestara. Más aún, al ser Paola una madrastra su actitud impide que interceda por Carlitos, algo que repercute en que Carlos Daniel no sea el mejor padre, como si su incapacidad de cuido emocional fuera una extensión de la maldad de Paola y no un síntoma de su masculinidad tóxica.

En este triángulo, la manera en que Paulina mejora la situación para el hijo también tiene que ver con el padre, dado que al intervenir y ayudar a Carlitos a estar mejor está siendo una madre tierna y abnegada frente a la incompetencia de Carlos Daniel como padre (que en cierta manera no se reprocha tanto como el fallo maternal de Paola, pero eso es tema de otro artículo).

Carlos Daniel en uno de sus momentos clásicos de ser el padre déspota, lo que «obligaba» a Paulina a ir al rescate.

El contraste se vuelve aún más fuerte cuando todos los personajes se enteran del engaño, Paola vuelve a la casa Bracho y todos tienen su oportunidad de contrastarlas. Ya no se trata de una simple comparación en que Paola es la femme fatale que se viste de negros, rojos vibrantes y otros colores fuertes, mientras Paulina demuestra su docilidad y buenas intenciones en tonos pastel. No, se trata de que mientras Carlitos está perdido Paola solo piensa en dinero e irse otra vez (como eventualmente lo hace), mientras Paulina sigue preocupada por los niños y tratando de resolver los problemas de todo el mundo. Más aún, Paola cae en un ciclo de desgracias que culminan con su muerte; no si antes autorizar a su hermana para que se case con Carlos Daniel como medida restablecedora del equilibrio del mundo Bracho.

En este punto, la implicación es que los problemas se generaban a partir de la maldad y negligencia de Paola, por ende, su castigo debe ser ejemplar. Para compensar, Paulina es buena porque a pesar de no haber causado los problemas da todo de sí misma para arreglarlo, lo cual es un peso muy fuerte para ella y las madres en general. Si la la casa se cae si la madre no es angelical y la única manera de reestablecer el equilibrio es la abnegación hasta el “te haces daño por amor” ¿qué posibilidades de equilibrio mental nos ofrece la sociedad a las mujeres en un rol de madre?

Pasión de Gavilanes: el nido vacío más melodramático de todos los tiempos

En 2005, cuando se transmitió por primera vez en Repretel, el fenómeno de Pasión de Gavilanes creció hasta (en palabras de Al Día) convertirse en “el culebrón más visto de los últimos meses” en un “furor” solo comparable con el “creado por la inolvidable telenovela Yo soy Betty la fea”. Recuerdo particularmente la leyenda urbana de que las pautas publicitarias durante su transmisión se volvieron las más caras de la T.V en aquel entonces, y aunque muchos se quejaron del alargamiento innecesario de la última parte, la audiencia fue fiel hasta el final. Más aún, casi 15 años después, Teletica la está “pasando” de nuevo.

La madre de esta telenovela me parece muy importante no solo porque la novela captó mucha audiencia, sino porque doña Gabriela fue la villana, durante gran parte de la trama. Es más, sin ella mucha de la historia no podría tener los altos y bajos melodramáticos a los que llega y con los que nos tuvo en vilo en algún momento.

Doña Gabriela puede verse como el motor que inició todo, puesto que cuando se entera que su marido tuvo un amorío con Libia Reyes y ahora está embarazada, Gabriella la humilla al punto que Libia se suicida. Esto provoca que los hermanos Reyes vayan a buscar venganza a la hacienda de los Elizondo y empiecen a trabajar ahí para poder lograrlo desde adentro, lo que poco a poco empieza a desencadenar «la pasión» que una a una separa a Gabriela de sus hijas.

Ahora, es muy importante que si bien la motivación inicial de los Reyes es la venganza, los sentimientos de ellos son genuinos, sobre todo en comparación con Fernando (el otro villano principal), quien estaba casado con Norma, en un matrimonio que doña Gabriela decidió arreglar, al considerar a Fernando el hombre perfecto y por el que siente atracción. El contraste se vale de una fórmula típica de las novelas, donde el personaje pobre es de buenos sentimientos y el de alcurnia es superficial y tiene intereses solo económicos. Entonces, que doña Gabriela prefiera a Fernando por sobre los pobres, pero sinceros, Reyes habla mucho de ella como personaje. Cuando la caracterizan al inicio, los atributos de Gabriela como madre villana serían: controladora, inflexible y sexualmente reprimida. En este punto, hasta la forma en cómo la peinaban la delataba.

Foto: https://pbs.twimg.com/media/DEuFkSkXYAEGZ4p.jpg

Con ese punto de partida tan prometedor, el conflicto no hace más que escalar. Doña Gabriela se queda viuda y se vuelve una matriarca déspota, interfiriendo en las vidas y relaciones de sus hijas mayores. Por un lado, es entendible que una mujer odie la simple mención de la familia del amante de su marido, pero por otro la novela no está contada para tener simpatía por la matriarca.

Doña Gabriela para la audiencia es la aguafiestas que solo quiere interferir en el verdadero amor de las parejas. Más adelante, cuando Franco Reyes se vuelve millonario como el viudo de una viejita ricachona, ya no tiene muchas excusas para no querer a los recién mejorados Reyes. Excepto porque cada vez se vuelve más iracunda e irracional. La gota que colma el vaso la protagonizan Franco y Sara, los benjamines de cada familia, cuando se convierten en pareja.

Para este punto de la trama, las hijas Elizondo tienen problemas violentos con Fernando, que ahora como ex-marido de Norma se convirtió en el administrador de la hacienda, dada la obsesión de doña Gabriela por tenerlo cerca. En un clímax de lo villana que puede ser doña Gabriela, Fernando la ayuda a descubrir el amorío de los benjamines y doña Gabriela, en su furia, azota a Sarita para “castigarla”. Esto escala el enfrentamiento, lo cual hace que las Elizondo le pidan a su madre que escoja entre ellas, sus hijas o Fernando como administrador.

En este punto de quiebre trascendental, Fernando manipula a doña Gabriela usando sus miedos de quedarse sola y se le propone románticamente. Entonces ella, ante la expectativa de que todas sus hijas se vayan con los Reyes, cae en su juego.

Por un lado, doña Gabriela trata las relaciones de sus hijas como una traición, pero por otro las constantes manipulaciones de Fernando sobre su inminente soledad calan en lo que yo llamaría el síndrome de nido vacío más melodramático de la historia. En un giro de la trama, doña Gabriela se suelta el pelo marcando un cambio en el personaje de la viuda reprimida a la mujer liberada que se va a casar con un hombre más joven al que ha deseado desde que la vimos por primera vez.

Nótese el pelo suelto de doña Gabriela, le quita años de encima. Foto: https://fotografias-nova.atresmedia.com/clipping/cmsimages02/2017/08/30/85870503-A093-418E-B11E-760D0E3CCE46/58.jpg

La telenovela no nos incita a ver esta liberación con buenos ojos. No es solo porque Fernando sea el villano al que ya hemos visto aprovecharse de las mujeres recurriendo a la violencia cuando no logra su cometido. No, en realidad es porque hasta este momento la telenovela nos ha presentado a doña Gabriela como una madre iracunda, metiche y déspota. Entonces, todos en algún momento pensamos que se merecía tener un marido así de malo por ser tan ciega.

¿Pero en serio se lo merecía? Si hay algo que queda claro después de la boda de doña Gabriela es que ella está «ciega de amor» por Fernando, algo que contrasta muy fuerte con su matrimonio anterior con Bernardo, el cual parecía mantener por las apariencias, por la rigidez con la que se metía en el molde de señora correcta. ¿Es que acaso una mujer viuda aún joven no merece volver a enamorarse? ¿Porqué la novela tenía que castigarla tan duro por el hecho de disfrutar su sexualidad? Si bien la novela la castiga porque el trato a sus hijas es cuestionable, no se puede dejar de lado que en el fondo doña Gabriela tuvo un miedo muy humano a la soledad después de pasar tantos años dedicada a seguir un molde de madre y esposa ideal.

Tenemos que recordar que durante muchos, pero muchos capítulos vimos a Gabriela ser abusada por Fernando, tanto física como emocionalmente. Constantemente le decía que él es el único que va a estar con ella, que es su última opción porque todos la abandonaron y esto la compromete cada vez más mentalmente. También se aprovecha de las visiones machistas de ella para hacer fiestas y despilfarrar su dinero. Cuando Gabriela trata de pararlo, termina encerrada en un sótano. Juan Reyes la encuentra y trata de rescatarla, pero (como querían alargar la trama) Fernando y la otra villana, Dínora, los toman como rehenes y los llevan a un pantano donde pasan días caminando y en riesgo de muerte.

Doña Gabriela en el pantano. Foto: https://fotografias-nova.atresmedia.com/clipping/cmsimages01/2017/12/05/CFAA37F4-E5B8-46D7-B394-F52F5BD959EC/58.jpg

Con un ciclo tan largo de redención, el cambio de doña Gabriela es casi como si se hubiera convertido en otro personaje. Al estar profundamente agradecida con Juan por salvarla, cae en un enamoramiento de suegra que la devuelve a una posición más “apropiada para su edad”, podríamos decir. Al perder a su marido como marca de sexualidad se puede dedicar a roles más aceptables como cuidar su hacienda, a su padre anciano, a su nieto en la distancia y sobre a sus hijas dejándoles de estorbar. Hasta se vuelve buena suegra , y en el capítulo final sus yernos le organizan una fiesta de bienvenida cuando sale del hospital para que sepa que no está sola, que su “nido” no se ha quedado vacío. Y así parece que tan tán se resolvió su conflicto.

El problema no es lo que los guionistas hayan querido expresar con los personajes, sino que nosotros no cuestionemos la manera en que las novelas presentan a personajes como Paulina, Paola y Gabriela como mujeres y madres.

Si pensamos que Gabriela y Paola merecen sufrir un castigo, internalizamos la moraleja de que las mujeres merecen ese nivel de escarnio por ser malas madres y “dejar la casa botada”. Como mujer me parece inaceptable que la famosa oposición entre la mujer ángel y la mujerr demonio se extienda también a que hayan madres “demoníacas” y madres “angelicales”, sin ningún punto intermedio o matiz.

Y es que aunque los conflictos de Paola y Gabriela representan dos momentos de la maternidad diferentes, las consecuencias de sus fallos se nos siguen presentando como muy graves. Paola y Gabriela fallan en un “deber sagrado” de preferir a sus hijos por encima hasta de sí mismas, y su sexualidad es satanizada. Paola es la villana estilo una mujer fatal que utiliza a los hombres para conseguir placer y dinero; mientras que Gabriela pasa de ser un personaje racional (aunque amargado) a ser la villana madre déspota por desear y creen en un hombre más joven y defender este deseo. ¿Que Paola podía equilibrarse y tener amantes mientras cuida de los intereses de la familia Bracho? ¿Que Gabriela pudo casarse con Fernando sin volverse tan ciega ante sus maldades? ¿Que también pudo controlar sus sentimientos de abandono y hacerse a un lado por las buenas porque su labor como madre “ya había acabado”?

Es muy problemático que el ideal social sea que las madres tengan que estar siempre presentes cuando los hijos son pequeños como los niños Bracho y acomodadas a prudente distancia cuando ya crecieron como las Elizondo. Por un lado, Pasión de Gavilanes tiene constantemente momentos donde los hijos expresan su obligación de cuido y respeto hacia los padres, pero por otro, muchas de las tensiones se dan cuando los padres, que deben hacerse a un lado y volverse abuelos venerables, siguen tratando de tener un rol protagónico porque ya no saben qué hacer consigo mismos ahora que los hijos no están. Se nos presenta como natural pero por eso también es tan esencial tener más personajes femeninos que cumplan un rol maternal compete sin que eso signifique que el mundo se caiga porque también siguen siendo personas y tienen deseos y hacen cosas como viajar o casarse otra vez.

La maternidad no debería ser sobre “sacrificarlo todo” por ser el centro del universo de los niños para que los hijos adultos tengan que ser culpados porque la madre ya no sabe cómo ser persona cuando queda “con el nido vacío”. Ser persona y madre no debería representarse como el egoísmo esencial de Paola o la “locura” de Gabriela, si no promulgarse como algo esencial para que el equilibrio familiar sea un logro de todos sus miembros y no la obligación exclusiva de una madre angelical como Paulina.

Probablemente nos tendríamos que sentar a esperar que las telenovelas mejoren sus fórmulas, porque el género probablemente dejaría de funcionar si tuviera que renunciar a sus clichés. Pero tampoco es que hay que dejar de ver telenovelas. Recordemos por sólo un segundo el estudio sobre la tasa de natalidad en Brasil, y agreguemos al reporte el cómo los investigadores consideraron que las novelas podían ser una herramienta relativamente barata (en palabras de los investigadores) para educar a la población sobre temas como el VIH/SIDA o los derechos de las minorías. Así como ocurrió durante la dictadura de Franco con las novelas de Corín Tellado, no es que tenemos que encontrar la novela que nos diga la manera correcta de pensar, tan sólo un vehículo para comunicarnos.

No estoy tratando de satanizar a las novelas por lo que saben hacer mejor, si no de ir más allá de la risilla porque las situaciones sean ridículas para que nos preguntemos qué tanto de lo que vemos nos representa, qué tanto nos estamos tragando sin cuestionar. No me malentiendan, sólo pienso que en un mundo donde aprovechemos todas las excusas que podamos y hablemos más de por qué nos angustia tanto que mamá no sea perfecta tal vez podamos entendernos mejor y empezar a darnos mutuamente permisos de ser personas en lugar de caer en vernos sólo como ángeles o demonios.

Revista Paréntesis

Revista Paréntesis ofrece un espacio de conversación de diferentes fenómenos culturales con la intención de mencionar diferentes aspectos de sus implicaciones sociales, políticas, ideológicas o su relación con la vida cotidiana y la experiencia personal de cada colaborador.

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