El mito del vampiro: el miedo a nosotros mismos

Por eso les he dicho: No coman la sangre de ninguna criatura, porque la vida de toda criatura está en la sangre. Levítico 17:14 (NVI)

Raúl Leandro, filólogo.
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Soy de la opinión que, en este siglo, estamos saturados de vampiros. Películas como Twilight o Dracula: Untold, series como True Blood o The Vampire Diaries y la futura adaptación de las Crónicas Vampíricas de Anne Rice (sin contar una abrumadora cantidad de series de anime) nos muestran una y otra vez «cómo» es un vampiro: usualmente, el protagonista es un hombre, de apariencia joven y rasgos atractivos, que ha vivido doscientos o trescientos años en promedio y que, dependiendo del enfoque de los productores, se lamenta por su condición de inmortal o la disfruta sin reparos (a veces se presentan los dos tipos de vampiro, como contraste entre ambos o cuando se necesita un triángulo amoroso con una mortal). Sin embargo, a pesar de que el concepto se ha repetido hasta el cansancio y se ha plagado de clichés románticos y situaciones de telenovela, parece que no llega a aburrirnos.

¿Cómo una leyenda europea se convirtió en el fenómeno mediático que es hoy? ¿Qué poder tiene la figura del vampiro que aún nos llama tanto la atención?

A pesar de que muchas culturas poseen tradiciones sobre criaturas que se alimentan de la sangre humana, el vampiro como lo conocemos tiene su origen en las leyendas del este de Europa durante la época medieval: en ellas, el vampiro era un cadáver reanimado que se levantaba por las noches y consumía la sangre de los miembros de su familia. Se creía que aquellos que habían blasfemado o no habían sido enterrados en tierra consagrada eran más susceptibles a convertirse en vampiros, así como ser el séptimo hijo de una familia (dato curioso: el protagonista de las Crónicas Vampíricas, Lestat de Lioncourt, fue el séptimo hijo de su madre Gabrielle). Entre los métodos para eliminarlos estaban el atravesar el corazón del cadáver con una estaca, desmembrarlo, decapitarlo, y/o quemar el cuerpo completamente.

De estas primeras tradiciones podemos deducir algunas de las ideas materializadas en la figura del vampiro: el temor a la muerte, a lo que exista más allá de ella y al castigo divino por nuestras malas acciones. También se adivina en esta figura el miedo al Otro, a lo que no se conforma al status quo: la persona fallecida, al volver de la tumba, ya no es parte del grupo familiar al que vuelve para alimentarse y debe ser destruida para restaurar la normalidad.

Dichas tradiciones se hicieron populares en Europa Occidental durante el siglo XVIII, y a principios del siglo XIX la leyenda se convirtió en un tema recurrente en la literatura; de la cual Drácula, de Bram Stoker, es el referente más conocido del mito.

En Drácula, ambientado durante la época victoriana tardía, el miedo hacia el Otro se hace manifiesto como desprestigio hacia lo extranjero desde las primeras páginas del texto, en la primera entrada del diario en el que Jonathan Harker hace un recuento de su llegada a Transilvania: “Me pareció que cuanto más al Este se mueve uno más impuntuales son los trenes.” (pág. 26); “Las mujeres parecían muy hermosas, excepto cuando se las veía de cerca, pero tenían cinturas poco delicadas”; “Los personajes más extraños que vimos fueron los eslovacos, que son más bárbaros que el resto, con sus grandes sombreros de vaquero, amplios pantalones con pliegues de color blanco sucio (…)” (pág. 27). El propio Conde Drácula es consciente de este prejuicio, y se lo hace saber a Jonathan al llegar a su castillo: 

-Aquí, yo soy un noble, soy un boyar; la gente me conoce y soy un señor. Pero un extranjero en un país extranjero no lo es; la gente no lo conoce, y al no conocerlo no se interesan por él. (…) (pag. 44)

Gary Oldman interpretando a Vlad, en la adaptación dirigida por Francis Coppola de Drácula de Bram Stoker (1992) Captura: https://i.ytimg.com/vi/WG_QKfaqdRo/maxresdefault.jpg

El miedo al extranjero como una amenaza para la estabilidad social no era extraño en el siglo XIX: H.G. Wells se vale de esta sensación de inseguridad en War of the Worlds al describir una raza de marcianos que invade Inglaterra, invirtiendo en cierta medida el papel colonizador e imperialista que el Reino Unido mantenía a finales de ese siglo (el cine aprovecharía esa metáfora en las películas de invasiones extraterrestres de la década de 1950).

El anime Trinity Blood, ambientado en un futuro post-apocalíptico en el que los humanos comandados por el Vaticano controlan Europa Occidental, y los vampiros controlan lo que antes era el Imperio Otomano. Para dejar mi punto más claro. Imagen: https://images.app.goo.gl/QkYcZv6Sgcvk9yG49

En Drácula, el vampiro corrompe desde adentro, seduciendo a su víctima aprovechándose de la “maldad” propia del ser humano, de las pasiones que la religión y el orden social se empeñan en reprimir (en especial en la sociedad victoriana). Drácula representa un peligro para la humanidad no solo porque beberá su sangre, sino porque al hacerlo la corromperá y nos convertirá en seres que solamente obedecen a sus deseos:

Porque fallar en esto (en destruir a Drácula) no será solo cuestión de vida o muerte. Será que nos convertiremos en algo semejante a él, en seres horrorosos de la noche como él, sin corazón ni conciencia, buscando nuestra presa en los cuerpos y las almas de quienes más amamos. Las puertas del cielo se cerrarán por siempre para nosotros, porque ¿quién nos las abrirá otra vez? (pág. 256)

Aun así, usualmente no nos encontramos rechazando la oferta que propone el vampiro. No tener que morir, ser virtualmente indestructible, poseer conocimiento de saberes ocultos, acumular riquezas y poder durante siglos, o satisfacer deseos sexuales reprimidos con hombres y mujeres por igual; en suma, vivir sin responder a reglas impuestas desde el cielo por un orden divino o en la tierra por los poderes humanos. Ser más que humano: ser, quizá, un Superhombre para el cual los tabúes no son más, al cual las reglas de la humanidad no proveen de sentido, y quien no obedece a nadie más que a sí mismo.

Umberto Eco, en El superhombre de masas, lo decía con respecto al Conde de Montecristo: “… Montecristo, desde el momento en que se halla en condiciones de llevar a cabo su venganza (…) empieza a darse cuenta de que ya no solo es el vengador, sino un justiciero, pues posee la libertad y no conoce ninguna restricción.” (pág. 111). Por otro lado, mientras el Conde de Montecristo obtiene su “poder” solamente después de quince años de estudio durante su encierro; Drácula ha trazado sus planes durante siglos, y sus poderes van más allá de lo que una fortuna enterrada en una isla puede comprar:

Este vampiro que está entre nosotros es tan fuerte como veinte hombres y es más astuto que cualquier mortal, porque su astucia ha aumentado durante siglos; tiene incluso la ayuda de la necromancia, que es, como su etimología lo indica, la adivinación por medio de los muertos, y todos los muertos a los que se acerca están a sus órdenes. Es bruto, y más que eso: es cruel como un diablo y no tiene corazón. Puede aparecer sin limitaciones donde y cuando quiere y adoptar cualquiera de sus formas. Puede, dentro de su ámbito, gobernar las tormentas, la niebla, el trueno; puede gobernar a las cosas más insignificantes: las ratas, la lechuza y los murciélagos, la polilla, el zorro y el lobo. Puede crecer y volverse más pequeño, y en ocasiones puede desvanecerse y volverse desconocido. ¿Cómo comenzaremos nuestra lucha para destruirlo? ¿Cómo lo encontraremos?” (pág. 256)

Sin embargo, ambos Condes son fruto de su tiempo, y del deseo humano por mantener el status quo, la normalidad: Edmundo Dantés termina por dejar atrás la riqueza que ha obtenido y escapar con Haydée, su protegida y compañera tras salir de la cárcel; el otro Conde es vencido por Mina Harker, Abraham van Helsing y los demás personajes de la novela, que en calidad de protectores extraoficiales del Cristianismo y el Imperio Británico detienen el avance del vampiro y lo destruyen en su retirada hacia Transilvania.

El siglo XX, por otra parte, cambiaría el enfoque de la figura del vampiro, y lo vería no como un monstruo al que se debe vencer para mantener el orden natural de las cosas, sino como una figura que simplemente está más allá de ese orden, a la que se ve con más simpatía que en tiempos pasados quizá porque, durante la primera mitad del siglo, descubrimos de un modo acelerado y brutal el potencial monstruoso de nuestros propios ideales.

Entonces, si ahora nosotros también somos monstruos, ¿pueden los monstruos haber conservado algo de su humanidad?

Con la publicación de Entrevista con el Vampiro, en 1976, el enfoque de las historias de vampiros cambia radicalmente, pues es el propio vampiro quien narra su “vida”, lo cual se nos hace evidente desde la primera línea del libro, desde su perspectiva.

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Drácula no podría comenzar de esa forma; su tiempo no se lo permite. En ese texto el Bien y el Mal están claramente delimitados: darle voz propia al Conde dentro de la narración nos haría correr el riesgo de simpatizar con él. En cambio, Entrevista con el Vampiro hace de ese riesgo su objetivo; al hacernos ver la historia como el protagonista la ve, nos confronta con lo retorcidas que pueden ser sus decisiones. El caso de Claudia es un ejemplo muy claro: ella es convertida en vampiresa a los cinco años, y su cuerpo permanece como el de una niña mientras que su mente y su intelecto crecen hasta alcanzar la madurez; durante cerca de sesenta años su relación con Louis toma la dinámica de una relación de amantes, a tal punto que entre los dos deciden “asesinar” a Lestat de Lioncourt, su creador, y embarcarse en un viaje por Europa que terminará llevando a Claudia a la muerte. En otras circunstancias, la historia de una niña asesinada a tan corta edad nos llenaría de repulsión; eso sin detenernos en la imagen de una niña bebiendo sangre en los callejones de Nueva Orleans. Sin embargo, al ver esa imagen desde los ojos de Louis, encontramos más de una justificación para sus decisiones, incluso la de asesinar a los vampiros que participaron en la muerte de Claudia.

Aun así, a pesar de ver “el Mal” tan de cerca y de ponernos en los zapatos del vampiro, estar tan cerca de ese poder nos permite ambicionarlo más. Al final de la novela, después de cerrar su relato en un tono melancólico, Louis de Pointe du Lac creyó haber dejado clara su advertencia, sólo para darse cuenta de que había hecho una invitación:

—¿No se da cuenta de lo que ha contado?  ¡Fue una aventura como jamás conoceré en toda mi vida! ¡Usted habla de pasión, habla de recuerdos! Usted habla de cosas que millones de nosotros jamás saborearemos ni llegaremos a entender. Y entonces me dice que termina de este modo.  Le digo… —y se detuvo ante el vampiro con las manos estiradas—. ¡Si usted me concediera ese poder! ¡Ese poder para ver y vivir eternamente!

Los ojos del vampiro empezaron a abrirse lentamente y separó los labios.

—¿Qué? —preguntó en voz baja—. ¿Qué?

—Démelo —dijo el muchacho, y cerró la mano en un puño y el puño golpeó su pecho—.  ¡Conviértame en vampiro ahora mismo! —dijo mientras el vampiro lo miraba horrorizado.

Lo que entonces sucedió fue confuso y vertiginoso, pero terminó de forma abrupta, con el vampiro de pie cogiendo al muchacho de los hombros; el rostro del chico estaba contorsionado por el miedo, y el vampiro lo miraba con rabia. —¿Es  eso lo que quieres? —susurró, con sus pálidos labios manifestando únicamente la más leve señal de movimiento—. Eso…, después de todo lo que te he dicho… ¿Es eso lo que quieres?

Porque el vampiro del siglo XX, como el humano del siglo XX, se encuentra con la terrible afirmación de que nada tiene sentido y las reglas que antes daban sentido a la existencia ya carecen de valor. A diferencia de Drácula, donde el triunfo del mal en nuestro interior era el precio a pagar por los dones de la inmortalidad, en Entrevista con el Vampiro el precio es enfrentarse a que quizá no haya respuesta a nuestras preguntas, y no poder encontrarlas ni en una eternidad.

»—¿Cómo podríamos ser las criaturas de Satán? —preguntó—. ¿Crees que Satán creó al mundo?

»—No, creo que lo creó Dios, si es que lo creó alguien.  Pero Él debe haber creado también a Satán y quiero saber si somos sus criaturas.

»—Exacto, y, en consecuencia, si crees que Dios creó a Satán, debes percatarte de que todo el poder de Satán proviene de Dios, y que Satán es simplemente una criatura de Dios, por lo que nosotros también somos criaturas de Dios.  En realidad, no existen las criaturas de Satán.

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Pero, aun enfrentándonos a la posibilidad de la nada, todavía nos fascina la idea de vencer a la muerte, de ser más de lo que ya somos. El futuro nos está abriendo las puertas para alcanzar ese objetivo en formas insospechadas.

El libro Homo Deus, de Yuval Noah Harari, en su afán de narrar cuáles serán los objetivos de la ciencia en el futuro y cuáles podrían ser las consecuencias de alcanzarlos, narra en una de sus páginas una escena que se asemeja mucho a lo que las leyendas y la literatura cuentan sobre el vampiro. Una periodista es invitada a una simulación virtual para prácticas de francotiradores, con el objetivo de probar una nueva tecnología que consiste en un casco con electrodos que permite inhibir las reacciones químicas que provocan las emociones en el cerebro: al inicio, la periodista participa en la simulación sin usar el casco y se describe a sí misma asaltada por el miedo, pues, por más que sea una simulación, la experiencia de ser atacada por terroristas en una zona de guerra se siente bastante real. Al segundo intento, sin embargo, y ya con el dispositivo colocado en su cabeza, la periodista relata cómo, después de veinte minutos que a ella se le hicieron demasiado cortos, no solo ha disparado a todos los objetivos de la simulación, sino que ha descrito cómo al usar el casco todas las “voces” en su cabeza -sus pensamientos, ecos de prejuicios sociales e historias personales, sus emociones, incluso las reacciones inconscientes e instintivas de la mente- se silenciaron por completo, y la única idea en su mente era la de seguir disparando.

En suma, podemos considerar el mito del vampiro como una advertencia: si queremos dejar atrás nuestras “limitaciones humanas” para obtener dones sobrenaturales, el precio a pagar es alto. Y aunque las leyendas antiguas o las motivaciones religiosas ya no nos detengan como en tiempos pasados, este siglo, en el que la ciencia avanza hacia la posibilidad real de vencer a la muerte por medio de manipulación genética o inteligencia artificial, así como de modificar a voluntad nuestras emociones y deseos, posee su propia cuota de consideraciones filosóficas y morales que quizá estemos a punto de superar definitivamente. ¿Dejaremos de ser humanos una vez que crucemos ese umbral? ¿Estamos listos para convertirnos en monstruos?

Como diría Freddie Mercury, ¿quién quiere vivir para siempre?

Trabajos citados

Eco, U. (2013). El superhombre de masas. México: Ediciones Ghandi.

Harari, Y. N. (2017). Homo Deus – A brief history of tomorrow. London: Vintage Publishing.

Rice, A. (1976). Entrevista con el vampiro. Barcelona: ZETA BOLSILLO. Recuperado el 20 de 10 de 2019, de EPDF: https://epdf.pub/entrevista-con-el-vampiro-cronicas-vampiricas-the-vampire-chronicles.html

Stoker, B. (1897). Dracula. London: Penguin Books Ltd.

Stoker, B. (1897). Dracula. Madrid: Edimat Libros.

Revista Paréntesis

Revista Paréntesis ofrece un espacio de conversación de diferentes fenómenos culturales con la intención de mencionar diferentes aspectos de sus implicaciones sociales, políticas, ideológicas o su relación con la vida cotidiana y la experiencia personal de cada colaborador.

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